domingo, 20 de diciembre de 2009
De la Renovación de cédula, la libertad personal y los absurdos legales.
Pertenezco a ese inflado e indeterminado número (unos dicen que 900.000, otros que dos millones) de colombianos que dejaron (dejamos) para última hora la molesta, fastidiosa y aburrida vuelta de renovar la cédula. Estoy de acuerdo con el comediante Gonzalo Valderrama en que el signo inefable del infierno es una fila, de manera que les huyo como al mismísimo Satanás.
Así que hasta hoy, día cuarto de la novena de aguinaldos, y de tanto escuchar en coro el estribillo:
“Desdichado de aquel que no acuda, Con la fe que le debe animar”
acudí a la tan mencionada cita con la ciudadanía colombiana del siglo XXI. Consciente de mi moratoria en el plazo para el trámite, sintiéndome mal ciudadano por no acudir a tiempo a la convocatoria oficial, hice la fila sin quejarme, me guardé en el bolsillo el vasito desechable de la aromática, y hasta tuve que aguantar una quejumbrosa mujer guajira detrás mío que no se calló un solo minuto de las largas tres horas de martirio para mi variz. Había de todo allí, incluso el que la renovó en Marzo de 2007, comprobante fechado en mano, y estaba de nuevo en la fila por que su documento nunca llegó. En fin.
Pero ya en la entrada de la registraduría un afiche promocional de la campaña de renovación de cédulas me hizo pensar al respecto. Además de las caras de dos cedulahabientes, bonitos y sonrientes, hombre y mujer, decía: Plazo hasta el 31 de Diciembre. Ajá, así que en medio de todo no era tan mal ciudadano, estaba acudiendo dentro del plazo establecido, eso sí haciendo uso de mi libertad para ir el último día o el primero, pero al fin dentro del plazo establecido.
Así que no es lógico -jurídicamente digo yo- que el día primero de enero esté yo indocumentado por que el Estado no me ha entregado un documento que yo renové oportunamente, es decir, antes del vencimiento del plazo. Al fin y al cabo, otro articulito absurdo en las leyes 757 de 2002 y 999 de 2005, a los cuales ya nos están acostumbrando.
Así que lo que en ese sentido es lógico, o al menos racional, es que la vieja cédula perdiera validez cuatro meses después de vencido el plazo del trámite de la renovación, que es el tiempo que se toma la registraduría para entregar las cédulas a los últimos ciudadanos en acudir oportunamente al son de la campana. Estoy seguro que el próximo 31 de diciembre las filas estarán muy largas en las registradurías, y algunos irán con calzones amarillos, otros con el estrene y algunos más se ahorrarán la vuelta a la manzana con la maleta en la mano a media noche, pues la habrán hecho temprano en medio del tedio y la convivencia forzada a que obliga una larga fila. Y esos ciudadanos del último día, tanto como yo que apenas les saqué 12 de ventaja, encontraremos injusto que un día después veamos perdidos algunos de nuestros derechos ciudadanos por el detalle insignificante de no tener en la billetera el pedazo de plástico que nos acredita como tales.
Sólo una tabla de salvación se vislumbra en el horizonte. Y es que la campaña política apenas empieza y con elecciones a la vista de seguro se harán todos los esfuerzos legislativos, logísticos, técnicos y financieros para que todos podamos ejercer el derecho en que más interés tiene la clase política, y con el que jugamos el macabro juego de la democracia: El voto.
Si se llega a tener que legislar a propósito, veremos las más bajas tasas de ausentismo en el sagrado salón elíptico, desde el que se mantiene el orden establecido y se evitan las mociones de censura más merecidas que hayamos podido imaginar.
Y quien quita que hasta la registraduría apure tanto el paso que se haga realidad lo dicho por San Mateo en el Versículo 16 del capítulo 20 de su evangelio: “Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos". Ya lo veremos.
jueves, 10 de diciembre de 2009
2012 y el Milenarismo barato.
Hasta hace dos días 300 era la peor película que yo había visto. Fui a verla en su momento porque me gustaba la fuente que la había inspirado. Y a quien no, si es un hecho histórico por el que sólo se puede sentir una profunda admiración. Leónidas venciendo a Jerjes con un menguado ejército de 300 gatos (contando sólo los espartanos) a punta de estrategia militar. Y digo venciendo porque a pesar que perdió la batalla por la traición de uno de sus hombres, se ganó un lugar en la humana memoria que no sólo ha inspirado a muchos estrategas sino que merece hasta un sitio en facebook.
A pesar de todo salí profundamente decepcionado de la película. La épica no es ficción; es otra cosa y merece ser tratada con respeto. Quizás como lo hace Mel Gibson en Corazón Valiente, por ejemplo. O Ridley Scott en Gladiator, para nombrar casos conocidos, incluido Troya, de Wolfgang Petersen, si se quiere. Películas bien recreadas, nacidas de guiones con una fuerte capacidad narrativa y con una dosis de verosimilitud que no ofende la inteligencia del espectador, como sí lo hace 300.
Pero a 300 le ganó 2012. Salí del teatro pensando si los números serían una razón de mal pronóstico cuando son utilizados para nombrar películas. Pero no. 1900 es una de las piezas maestras del cine y una de mis películas favoritas, como lo es 1984, del director británico Michael Radford, y seguramente habrán algunas otras que salvan a los números de la responsabilidad de cargar con la mediocridad humana. Da la casualidad, eso sí, que ni 1900 ni 1984 son Made in Hollywood.
El hecho es que volví a caer en la trampa. Fui a ver 2012 por la misma razón que fui a ver 300. La historia original la conocí de una maestra de la universidad, en un curso del que casi salimos hablando náhuatl; y desde entonces me ha rondado la cabeza. Así que entré expectante y salí decepcionado.
Cada uno de los hechos que suceden en la película es en extremo forzado. No sé que tiene que ver la predicción Maya con otra película en que los americanos salvan a la humanidad. Como si no fueran ya demasiadas las que tienen ese sesgo, al punto que pareciera ya casi el pecado original del cine norteamericano. Además es terriblemente predecible. Dos horas antes de que se acabe, uno sabe que el científico negrito, tan pilo él, va a quedarse con la hija del presidente, buenísima ella, sin duda.
Yo prefiero el drama, pero la ficción, cuando es buena, me hace quitarme el sombrero. Es el caso de El Señor de los Anillos o Matrix, en las que el grado de ficción alcanza su máximo nivel y nadie puede discutir acerca de su excelente factura. Pero que no me vengan con aviones que vuelan casi a ras de suelo entre edificios que se derrumban a su lado en pleno terremoto, o estampidas de un carro tras cuyas llantas traseras el mundo se va derrumbando para siempre, o un aterrizaje de emergencia en un Hawái que ya no existe y en cuyo lugar quedó China, justamente sitio del destino del vuelo. Y encima del aterrizaje de emergencia, justo al lado va pasando el único carro posible en semejantes lejanías, con dirección a donde se necesita y con las personas más buenas de este mundo, a imagen y semejanza del Dalai Lama.
Es tan clichesuda esta espantosa película, que hasta reloj con cuenta regresiva para la hora final tiene, como el 99.9% de las películas gringas. Y claro, en el último minuto, quien tiene la labor de salvar a la humanidad tiene tiempo de aconsejar a su hijo, reconciliarse con beso en la boca y todo con su ex esposa, -a quien además hace cinco minutos se le acaba de matar su nuevo compañero- y hacer una inmersión en el agua que ni el mismo Acuamán intentaría, teniendo mejor estado físico que nuestro sedentario escritor de 2012.
Así como en 300 Zack Snyder juraba que estaba haciendo algo al estilo de El Señor de los Anillos cuando usó los Elefantes y le salió tan mal, a todas luces a Roland Emmerich esta película le salió un refrito, un calentao hecho entre El día después de mañana, (del mismo director) y Titanic, con el agravante de que se nota demasiado. Que mal para alguien que ha hecho cosas mucho mejores como El día de la Independencia y Godzilla.
En fin, tengo pena ajena con los mayas. No porque se haya hecho una película a partir de sus sesudas predicciones, sino porque justamente la que se hizo haya resultado de una calidad humana y profesional tan lejana a la que tuvieron semejantes sacerdotes. Y tengo rabia de haber ido en día festivo, cuando la boleta es más cara. Esa platica se perdió.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
URSÚA O LA CONQUISTA IMAGINADA
Encontrar una novela como Ursúa, la primera novela de William Ospina, debe resultar doblemente esperanzador para cualquier lector medianamente juicioso. Esperanzador por que constituye una propuesta estética diferente dentro de la nueva generación de escritores colombianos y doblemente por que lo es para la literatura y la historia al mismo tiempo. Cuando uno de los personajes más apasionantes dice que escribe en sus cuadernos sólo para no olvidar, por que él recuerda sólo lo que se convierte en palabras, queda la duda flotando entrelíneas de si la expresión pertenece al personaje o es una confesión del autor que se cuela, un pequeño lapsus como dijera Freud.
El resultado de su incursión en un género que tiene sus particularidades estilísticas es un texto realmente mágico, capaz de conjugar de manera extraordinaria el registro de la crónica de los conquistadores con una prosa fluida que demuestra una elaboración poética de excelente factura, enmarcadas en una geografía exuberante, agresiva, realmente viva. Su probada trayectoria en la poesía y el ensayo contribuye sin duda a la madurez narrativa de este primer texto que no deja de ser, en todo caso, su novela de aprendizaje, si bien un escritor jamás deja de aprender su oficio, de moler y rehacer en cada elaboración.
Aunque lleva como título el apellido de un conquistador, la novela es ambiciosa en la narración de un proceso de conquista complejo, riquísimo en personajes y sucesos, en paisajes y desplazamientos de campaña, en nombres de españoles y nativos, en toponímicos que familiarizan con un territorio presente y ancestral, casi eterno, que susurra a cada momento a oídos del lector una ligera conciencia de origen, una identidad que se gesta en un espacio natural tácitamente sabido y una época que va mucho más atrás de aquella que conocemos como heroica y definitiva, saturada a la fuerza de próceres y uniformes que pretenden gestar el punto cero de nuestra historia y nuestra identidad nacional.
Pedro de Ursúa, entonces, que hasta antes de la aparición de la novela no pasaba de ser conocido entre nosotros como el fundador de Pamplona y ya -a secas-, circula por el texto no sólo como un personaje en momentos enigmático y contradictorio, profundamente humano en su tentación por el poder, conocedor de la gloria y protagonista del fracaso, sino como un elemento integrador, transversal, en donde convergen de alguna manera ya por aquellos giros azarosos de la historia, ya por la fuerza del rumor en aquel siglo XVI; todos los demás personajes, incluso aquellos de segundo orden que la historia olvidó por completo.
Entonces, como guiado de la mano por la voz del narrador, Ursúa va pasando por la vida de los demás personajes como el hilo por entre las perlas que más tarde se llamarán collar. Por eso lo encontramos en Cartagena, después en Santa Fe, mas tarde en las Campañas del Sur, luego en la Sierra Nevada e incluso en el Perú. Y en ese trasegar, con él se van topando Pedro de Armendáriz, Robledo, Lope de Aguirre, Juan de Castellanos, Pedro La Gasca, Andrés López de Galarza, Pérez de Quesada, Ambrosio Alfínger, Belalcázar y un inventario extenso de otros protagonistas de la época. No significa, claro está, que uno y otros se encontraran por doquier, que ahora Las Indias resulten una vereda en donde a cada recodo del camino se van saludando las gentes venidas de lejos, otrora compañeros en Navarra o alguna otra provincia española; son sus historias las que se van tejiendo en una hermosa urdimbre, las que se van encontrando en algún punto de ese trémulo tejido de causas y fatalidades. No se trata de que Ursúa haya sido el alma y nervio de la conquista sino de la configuración del personaje, de la perspectiva desde dónde se cuenta la historia.
Como el bolero, la novela está escrita con sangre en vez de tinta, los indios van cayendo decapitados, emperrados, mutilados por la espada o estampillados por un tiro de arcabuz, mientras los ejércitos de la conquista sufren ya las feroces flechas disparadas casi por la selva misma, o las fiebres que enloquecen o los insectos y las fieras del trópico. No podría ser de otra manera. Es verdad que las traiciones políticas y militares abundan incluso entre quienes se dicen del mismo bando, pero la novela no se deja aplastar por el peso de la leyenda negra, evita ese maniqueísmo malicioso que aún hoy nos hace ver nuestra conflictiva realidad como un asunto de buenos y malos, y reivindica tanto a unos como a otros en un eclecticismo que sorprende.
Por fortuna el texto de Ospina aunque narra hechos acaecidos no tiene esa molesta pretensión de verdad que el rigor histórico suele imponer a los historiadores al más alto precio: su imaginación.
Es una novela y como tal hay que leerla para disfrutarla, para no sentirse molesto con las imágenes que es capaz de generar, con el olor de la sangre que casi salpica cuando Ursúa mata por primera vez; para poder sufrir y angustiarse con el protagonista, para acechar con el indio y dolerse con su patria, que es la nuestra. Y para aprender con delicia que en aquella época la tarde se demoraba en las iguanas de Magangué, que los asnos podían volar y las mariposas revoloteaban en las fauces abiertas de los caimanes dormidos de Ambalema.
Y claro, para no dejarse tentar por el oro, como muchos.
EL MITO EDÉNICO EN URSÚA (De William Ospina)
La búsqueda del paraíso terrenal y la casi certeza de haberlo hallado es uno de los temas recurrentes en las crónicas de los conquistadores y descubridores, desde el mismo Cristóbal Colón. Y no es para menos, pues el Nuevo Mundo se mostró a los ojos de los recién llegados con todas las características del edén perdido: hombres desnudos que no conocían hierros ni armas, ignorantes de pesos y medidas, sin libros, leyes, pecunia ni propiedad privada y una tierra pródiga en minerales y cosechas casi hasta lo sobrenatural. En otras palabras el mundo en su infancia: inocente e incorrupto. A partir de ésa primera visión, y de los primeros relatos de los indios emperifollados de oro, es comprensible aquel imaginario que creció constantemente y que completaría la imagen edénica perfecta: ciudades bienaventuradas tapizadas de oro y piedras preciosas y hasta una fuente que desterraría el dolor y la muerte y en cuya búsqueda se gastó la vida Fernando Ponce de León.
Recordemos que la vigencia de este tema en el siglo de los descubrimientos no sólo se debe a las disertaciones de filósofos y teólogos medievales como Santo Tomás de Aquino y San Agustín, o el renacentista Giovanni Pico della Mirandola, sino a las exploraciones de Marco Polo en el siglo XIII, que despertaron la curiosidad de Cristóbal Colón de llegar al Oriente, a
A Ursúa, la novela de William Ospina, en tanto que narra una parte de las campañas que constituyeron este proceso, le es imposible escapar de esa sombra del mito edénico, que se multiplica y se mimetiza y así; no es uno sino varios, que la voz del narrador enumera con nombre propio:
“Ese monstruo recorría los reinos, y nos hizo viajar por los años y descender al infierno buscando el mismo milagro al que cada expedición daba un nombre distinto: el oro rojo de las momias de Cuzco, las montañas de plata maciza, el extenso y perfumado país de la canela, la selva lujuriosa de las Amazonas, la ciudad de Cibola, que buscó entre la árida luz del desierto Cabeza de Vaca, la ciudad de los Siete Césares, cuya muralla inexistente consumió la existencia de muchos, la ciudad de las perlas, que era un cielo en la tierra y un infierno en el agua, el país de las tumbas de oro, la fuente de la eterna juventud de la isla florida, la ciudad de las esmeraldas que Ursúa intentó edificar bajo la verde sombra de mariposas y la siempre buscada y siempre escondida ciudad de El dorado”[2]
El mito edénico adquiere en Ursúa múltiples formas y nombres precisamente porque la novela pretende una narración totalizadora: la conquista de los Zenúes en lo que sería la gobernación de Santa Marta, la dominación de los Muiscas en el altiplano, las hazañas de Robledo y los desmanes de Benalcázar y los Pizarro en el sur; y hasta el ingreso de la expedición de los Welser en el Nuevo Reino de Granada por Maracaibo procedente de Venezuela. Para todos ellos siempre un edén perdido lleno de riquezas esperaba más adelante, quizás en el próximo recodo del camino.
Podría decirse además que en Ursúa la configuración de ese mito paradisíaco deviene por dos caminos diferentes: Uno, el inevitable, ese que es inherente a la historia de la conquista, al espacio y el tiempo narrados. Otro, el estético, que descansa en la idealización poética de la geografía que hace el narrador.
Ese paraíso perdido empezó a ser imaginado, en el caso del protagonista del relato, en plena adolescencia en su misma casa materna de Arizcún, Navarra, en la medida en que las referencias a tigres hambrientos y reptiles descomunales y una cordillera con ciudades laminadas de oro[3] le señalaban un destino de aventura que contrastaba con esa tierra ya domesticada, pintada de rebaños de ovejas sobre prados apacibles donde el futuro estaba casi predicho. Por el contrario, las indias eran el sinónimo de lo impredecible, de lo que justamente a lo largo del relato de Ospina va constituyendo para el héroe un destino fiero, bravío, indomable, aunque pareciera escrito ya en las páginas insondables de alguno de los tantos misterios que le torcieron a su antojo la suerte en su tránsito por las cuatro gobernaciones que recorrió más allá que nadie.
Aunque la trama de la novela es otra, no se pueden desprender las dos nociones de búsqueda de riquezas, que es la obsesión que cruza todo el relato, y la de encantadoras delicias, que se enlazan fácilmente en esos paisajes que permiten evocar la nostalgia del edén y que son iterativos a lo largo del relato. Uno de los recursos para la configuración de esa visión del paraíso en los personajes, es la enormidad, el uso de los superlativos, la monumentalidad de la naturaleza:
“No conocían aún las noches de la borrasca ni los amaneceres del fango, la fiebre y los mosquitos que reinan a la orilla del río; no presentían la enormidad de la avalancha ni el tributo de piedras de la creciente, la noche que multiplica los tigres y la selva que agrandan las chicharras, los árboles corteza de gusanos las columnas inmensas y leñosas de la selva donde el sol se tropieza, ni las nubes de loros, ni los ramales enloquecidos de monos diminutos, ni los llanos empedrados de cráneos”.[4]
Además de esa exhuberancia paisajística, del bestiario que incluye hombres cubiertos de plumas que hablaban con los peces de los lagos y que se transformaban en tigres[5], monstruos de varias cabezas que arruinaban pueblos enteros[6] y serpientes cuya testa triangular era tan grande como la cabeza de un potro[7] , algunas imágenes en la novela dejan de lado esta zoología fantástica y evocan momentos fundacionales o primigenios. Por ejemplo, la imagen de Ursúa desnudo en un mundo desconocido después del incendio en medio de la helada noche de la sabana, recién llegado a Santafé[8]; o el incendio de Cartagena en círculos concéntricos de fuego, así como el ascenso de Ursúa a la sierra nevada, dónde percibió una ciudad viva, que sentía venir a los viajeros, que distinguía entre los pasos de los habitantes y los de desconocidos.[9] Si bien no es una ciudad de oro, ese paisaje elevado y casi inaccesible donde se hallaba engastada como un joya bajada del mismo cielo, coincide con una de las mas antiguas tradiciones de Israel que sitúan el paraíso terrenal en un lugar empinado y escarpado, de difícil acceso. Algunas de las razones que empoderaron esta tradición, son la cualidad espiritual que un sitio así le otorga y necesidad de esta condición para haberse salvado del diluvio universal[10]. El mismo fray Bartolomé de Las Casas asentía con esta tradición, aunque guardando la mesura en términos de altura:
“Nadie puede naturalmente determinarlo, y por eso, lo que debe tenerse como cierto es que su altura será tanta cuánto sea necesario para la buena y saludable habitación de los hombres. Esto es, que en él la templanza del aire, sería tal como para que allí se viviese de manera deleitable, sin extremos de frío, de calor y tanta la salubridad, que las cosas no pudiesen corromperse o se descompusieran fácilmente”[11]
La imagen del incendio, aunque no corresponde a la narración de momentos idílicos en el relato ni pretende evocar el carácter fabuloso del Nuevo Mundo, también concuerda con otra de las tradiciones que han pretendido definir el paraíso; la de Tertuliano y Lactancio, que utilizaba el fuego como medio de aislamiento para que ningún ser corpóreo pudiera entrar en él.[12] En fin y al cabo, después de expulsados Adán y Eva del edén, el Señor puso querubines al Oriente y una espada flamígera alrededor para custodiar el acceso al árbol del Bien y del Mal.
Ahora bien, existe una imagen ya clásica del paraíso terrenal, y es la de la amistad entre todos los animales de la naturaleza. Y aunque no es América precisamente el lugar de la ausencia de fieras, y no es Ursúa precisamente un relato de hechos amistosos, no deja por ello de estar presente. Se trata del mundo mágico de Z’bali, la bellísima amante indígena de Ursúa. En él, cuando homenajeaban a su cacique, los muchachos desnudos se pintaban los cuerpos de colores y se cubrían de plumas, y al empezar a danzar se iban transformando en jaguares y en dantas, en caimanes y en toches, en cachamas y en serpientes, de modo que uno iba sintiendo que alrededor del gran señor el mundo entero cantaba y rugía, aleteaba y se deslizaba. Estaba segura de haber visto saltar al tigre rugiendo y al gavilán graznando, de haber visto a todos los animales, aún los más feroces, amigos uno de otro, y vio pasar, decía, peces por el aire y anillos de serpientes volando en círculo alrededor del gran cacique de su país.[13]
Con el relato de Z’bali, el mito edénico trasciende las barreras de occidente y se mezcla, con zarpazos y aleteos como lo hicieron los dos amantes, con la necesidad de dar respuesta al problema del origen en los pueblos primitivos. Así, se comprueba en la novela que los elementos paradisíacos pertenecen tanto al cristianismo como al paganismo, al mundo material que buscaban los conquistadores como al intangible que daba sustento a la felicidad de los nativos.
Pero no es, por supuesto, Ursúa el único que alcanza esos escenarios americanos que conducen casi hasta el delirio. Alfínger, después de combatir con la tropa unida de guanes, cusamanes, chitareros y yariguíes, encontró el río de arenas de oro que permitía sentir que todas las batallas en el largo camino desde Coro, las tempestades y los desvelos, habían valido la pena. Esa asociación del río con el oro y además con gemas, -como las que Ursúa descubriría en la tierra de los Muzos- aparece nada menos que en la más originaria descripción del edén: el génesis[14].
Ahora bien, además de esos clásicos elementos indicativos de la proximidad del paraíso, como son la temperatura constante, los bosques frondosos, las aguas en abundancia, las frutas exquisitas y olorosas y las flores multicolores; hay uno más, que aunque no parece evocar felicidad, podría ser el único en confirmar que, en efecto, el paraíso estaba en América: el castigo.
En Ursúa la fatalidad es otro de los ingredientes transversales al relato, y que señala esa volubilidad de la voluntad humana frente a lo impredecible. Así las certezas de riqueza de casi todos los que al Nuevo Mundo llegaron se vieron truncadas aún en el último minuto, cuando lo impredecible parecía estar superado.
Dos hechos de la trama ilustran con gran particularidad este fatalismo: el rayo que cae en medio del padre Martín de Calatayud, Juan López de Archuleta, los hermanos Hernán Pérez de Quesada y Francisco Jiménez de Quesada, y el capitán Gonzalo Suárez de Rendón mientras jugaban cartas; dando a cada uno un tratamiento diferente, desde la electrocución hasta la incolumidad; con casi celestial sentido de justicia[15]. Otro, el naufragio en donde murieron Góngora, Galarza, Pedro de Heredia y Alonso Téllez, también cada uno su manera, cuando escapaban de América hacia España, y ya sobre la costa ibérica.[16] Ambos hechos, además, están unidos por algo en común: los primeros esperaban lo que los segundos trataban de evadir, y que puede ser considerado también un último elemento edénico: la impartición de justicia.
En efecto, la figura del juez de residencia, para el caso Miguel Díaz de Armendáriz, se hizo necesaria ante la certidumbre de la desobediencia de aquellos a quienes –como a la pareja primordial- había sido confiado el jardín por la autoridad mayor. Y algunos a quienes su vara señaló, unos vivos a través de la expatriación, otros muertos por la ejecución; fueron expulsados sin misericordia.
Como en el caso de los hombres, el punto cero de América para empezar a tener pasado, el momento de su inserción en la historia, es el mismo en que pierde la inocencia, en que extravía la ilusión, en que deja atrás la infancia de mundo: El Descubrimiento. Antes de él no hay memoria, ahora todo es presente y futuro, como lo argumenta la voz del narrador:
“Cuando uno viene de Europa, tiene la convicción de que la memoria está allá. Aquí todo surge y se disuelve como una niebla. Las ciudades desaparecen, la gente muere totalmente, las tempestades pasan y se borran, y donde se pudren los hombres no quedan inscripciones ni piedras”.[17]
Finalmente, Pedro de Ursúa, el que venció a los enemigos de cuatro gobernaciones, el que llegó hasta donde los demás no pudieron, el más valeroso y astuto, el que vivió para la guerra y recibió en cada batalla un anticipo de la muerte; allá en las postrimerías de su vida, en las reuniones a las que el Virrey del Perú nunca dejaba de invitarlo para escuchar sus historias, esquivaba ese pasado glorioso de victorias en el Nuevo Reino de Granada. Un recuerdo idílico lo perseguía:
“Ursúa prefería contar aventuras de viajes, hablar de caimanes y tigres, de tempestades por el río, historias de rayos y de naufragios, de dioses bestiales de piedra, de ciudades increíbles en las montañas y de un relámpago que no cesa jamás”[18]
[1] San Jerónimo, en su epístola CXXV, identifica el Pisón con el Ganges. Citado en: Buarque de Holanda, Sergio. Visión del paraíso. Motivos edénicos en el descubrimiento y colonización del Brasil. Biblioteca ayacucho. Caracas. 1987. pág. 216
[2] Ospina, William. Ursúa. Bogotá, alfaguara 2005. pág. 208-209
[3] Ibíd. Pág. 26-27
[4] Ospina. Op.cit. pág. 90
[5] Ibíd. Pág 42
[6] Ibíd. Pág. 167
[7] Ibíd. pág. 65
[8] Ibíd. Pág. 134
[9] Ibíd. Pág. 385
[10] Match, Howard. The other World. Pág. 145 citado en: Buarque de Holanda, Sergio. Visión del paraíso. Motivos edénicos en el descubrimiento y colonización del Brasil. Biblioteca ayacucho. Caracas. 1987. pág. 210.
[11] De las Casas, Bartolomé. Historia de las Indias. II. FCE. México 1951. Pág. 45
[12] Buarque de Holanda, Sergio. Visión del paraíso. Motivos edénicos en el descubrimiento y colonización del Brasil. Biblioteca ayacucho. Caracas. 1987. pág. 210.
[13] Ospina. Op. Cit. Pág. 238
[14] Génesis, 2:11.
[15] Ospina. Op.cit. Pág. 96
[16] Ibíd. Pág. 427
[17] Ibíd. Pág. 452
[18] Ibíd. Pág. 469
CATALINA BAJO SOSPECHA
Apenas en las primeras páginas de Catalina viene al encuentro del lector un símil tan bello como desgarrador que define muy bien lo que fue nuestro siglo XIX: el cansancio acumulado por tantas guerras era como un temible viejo sentado encima de nosotros, oprimiéndonos los huesos. Enseguida, sólo unas pocas líneas más abajo, aparece la mención de la batalla de Palonegro y con ella entonces el derecho legítimo del lector a sospechar ¿podrá ser Catalina una novela histórica?
Más allá del debate que podría generarse en torno al interrogante, lo cierto es que el texto permite una lectura historizante, desde la cual produce mucho más sentido pues ofrece una imagen casi especular de la sociedad de la época a la luz de los documentos históricos. Al menos es claramente una novela en la que el pasado es importante para los personajes, y lo es de manera trascendente para la protagonista, quien recurre repetidamente a la mención de sus ancestros y busca explicaciones a su propia realidad a partir de sus pasados familiar y político, que a veces se traslapan y vienen a ser la misma cosa. Incluso en ocasiones la voz de Catalina parece hablar a título de la historia misma; por ejemplo cuando se queja:
Mis problemas se volvían más insolubles, como si los de la patria se le juntaran
Podría decirse que el texto esboza una historia política, no sólo porque narra la participación de algunos de sus personajes en
De la misma manera la relación con sus padres pareciera, si no estar determinada, por lo menos ser un indicio simbólico del poder determinante que tenía la membresía a uno de los dos bandos en las relaciones sociales e incluso familiares. Al respecto la apreciación de Catalina sobre la filiación política de su madre, con quien jamás pudo llevar una buena relación, es lapidaria: Si mi madre era conservadora, nos traicionaba. No en vano su segundo marido, después de muerto el padre de Catalina, habrá de ser justamente el jefe del Partido Conservador Miguel Albornoz, quien junto a los demás personajes parece sacado más de la historia que de la literatura.
La descripción de Samuel Figueroa, por ejemplo, egresado del Rosario y perteneciente a una familia otrora rica y ahora venida a menos, corresponde fielmente a la situación de ruina de las familias de comerciantes y cafeteros liberales que precedió a
Por otra parte, el gran tamaño del problema de la construcción del Estado y de
Declaramos: que nuestra patria es
Con semejante manifiesto, Cuervo y los demás intelectuales que ejercían como editores del periódico declaraban su convicción profunda acerca de la unidad de la patria colombiana, a tan sólo poco más de un lustro de haberse consolidado definitivamente el movimiento independentista. Sin embargo en Catalina se hace evidente desde la ficción que el proyecto nacional es un fracaso, muy a pesar de haber pasado casi un siglo desde la declaración aparecida en la publicación de aquel grupo de intelectuales.
En un país tan accidentado geográficamente, tan fragmentado por cordilleras y valles que se alternan en toda la amplitud del territorio nacional; y en un tiempo en que los desplazamientos constituían tareas titánicas en esfuerzo y demora, podía resultar comprensible – a pesar de los esfuerzos teóricos del liberalismo- una expresión como la que Catalina, en un momento de rabia, le esputó en la cara a Samuel, su marido:
- Cuando uno es forastero piensa así. Pero en Santander hasta el más pobre respeta como sagrado lo ajeno.
Si consideramos que quien las dice es una mujer que puede ser considerada adelantada de su tiempo, incómoda con tener que resignarse al tedio de las tardes de bordado de un matrimonio común; es lícito elevar tal arraigo de regionalismo a un sentimiento más o menos generalizado, más aún si se tiene en cuenta que constituyen un insulto a otro “santandereano” que tan sólo se ha ausentado unos años de su tierra. Así las cosas, es posible concluir que 50 años después, y tras 20 de cambiado el régimen e iniciada
Pero la novela parece no bastarse a sí misma con proponer una representación política de los tiempos de
Complementariamente, al margen de la guerra y los partidos, desde que María Corazón siendo soltera quedó embarazada de un militar de las huestes de Bolívar Catalina es una historia sucesiva de familias disfuncionales nacidas de matrimonios por conveniencia, con hijos habidos por fuera que se recibían sin protesta pero sin beneplácito; de amantes taciturnos y herencias negadas. Es decir, de una sociedad pacata que a la hora en que Catalina recibía a sus contertulios asomaba los ojos de su doble moral por las ventanas; quizás para expiar en ella un pecado del que nadie estaba lo suficientemente libre como para tirar la primera piedra.
Pero no obstante la guerra, la transición hacia el siglo XX no fue sólo un inventario de pesares, y así lo consigna la novela. Algo así como un débil contagio de la belle epoque europea alcanzó a viciar de fe en el progreso a algunos compatriotas ilustres y optimistas. Es el caso de Ricardo Gómez, promotor de tertulias para discutir a Nietzsche y fiel convencido de la profunda e inminente transformación de la sociedad gracias a la expansión de los presupuestos del liberalismo inglés. Para los menos idealistas -como Samuel Figueroa- las primitivas exploraciones de petróleo eran las que auguraban un nuevo siglo lleno de riquezas y progreso, reflejo de la industrialización que caracterizó al país en los albores de aquella centuria.
Finalmente, existe otra razón para pensar en Catalina como una novela histórica, y además precursora. Quince años antes de que Pedro Gómez Valderrama narrara los pormenores de la inmigración alemana a Santander y el conflicto resultante generado con el movimiento de artesanos Culebra pico de oro, y cinco antes de que Gabriel García Márquez relatara muy a su estilo lo sucedido en la mítica masacre de las bananeras, Elisa Mújica hizo lo propio con la mención de la matanza de alemanes en Bucaramanga a manos de los artesanos, un hecho de aquellos que insisten en esfumarse para la historia, en mimetizarse y permanecer como un recuerdo vago en la memoria colectiva, como una agenda oculta de la que nadie quiere hablar, con esa escasa diferenciación entre lo fabuloso y lo histórico. Justamente en ese limbo se sitúa el recuerdo que tiene Catalina: nuestra ciudad pequeña y blanca, recogida entre las palmeras, encerraba un enigma.
Quizás muchos expertos estén en desacuerdo conmigo, tal vez considerar histórica esta novela no pase de ser una ingenua pretensión, pero es que en mi lectura muchas veces la voz narradora de Catalina me evocó un pasado que no es de ella, que pareciera tomarlo prestado a la historia misma, una especie de infancia nacional con la delgada voz de la conciencia histórica en un siglo que apenas despertaba:
Entre mil ruidos ninguno decía tanto para nosotros como el del rastrillar de los cascos contra el empedrado. En alguna forma nos hablaba del abuelo Tomás, de las guerras interminables que duraron casi un siglo, de toda la historia del país escrita en nuestra sangre.